Recordando a DUMAKA por ABEL ROS

Como sociólogo, tengo una gran curiosidad intelectual por los Estados débiles; aquellos que no cuentan con los mimbres necesarios para construir una democracia de calidad y un excedente productivo. Hace años – sin ir más lejos – le di clases a Daren, un alumno de origen nigeriano. Recuerdo, que los primeros meses del curso lo pasó fatal; no sabía el idioma y, para más inri, muchos compañeros – los muy “cabrones” – se reían de él. Su rostro era una ventana abierta a sus miedos y temores. El dibujo de su cara – como diría mi abuelo si viviera – era el reflejo de las múltiples heridas que invadían su silencio. A lo largo del año, tuve largas conversaciones con Dumaka, su padre. De él aprendí aquello que ningún catedrático me podía enseñar: sabiduría para la vida.

Dumaka no tenía estudios pero sabía leer y escribir. Tenía una mente inquieta, un razonamiento lógico muy desarrollado y unas cualidades innatas para la música. A pesar de tales fortalezas, su vida – desgraciadamente – había transcurrido en los campos nigerianos. Sus manos – me las enseñaba con orgullo – hacían dos como las mías. “Gracias a ellas – me decía – he alimentado a mis criaturas, y he limpiado las lágrimas que caían sobre el ataúd de mi padre”. Aquí, Dumaka trabajaba cogiendo naranjas y limones en los huertos alicantinos. Su sueño era que Daren fuese algún día a la universidad; que fuera “un negro con estudios”, como esos abogados que salen trajeados en las películas de Hollywood. No quería que pasara por las mismas calamidades que él había pasado. No quería otro trocito de Tercer Mundo en España sino un porvenir para su hijo. Un sueño – eso sí – muy difícil de cumplir.

Durante tres años mantuve contacto con Dumaka. Hoy, diecisiete de marzo, hace dos años que falleció por un accidente laboral, al volcar el tractor que conducía. Recuerdo que tres días antes, habíamos hablado de la muerte. Me decía que en el mundo existen más muertos que cadáveres en el cementerio. Hay hombres que mueren en vida y muertos que viven para siempre. Los segundos son aquellos que abandonan su cuerpo para vivir eternamente en el seno de los otros; son – en palabras de Dumaka – imborrables para la mente. Los primeros – los hombres que mueren en vida – son personas invisibles. Seres que pasan sin pena ni gloria por esta larga morada. Hombres que se conforman con poco, a pesar de contar con circunstancias favorables para alcanzar sus deseos. Dumaka pertenecía a uno de esos “muertos que viven para siempre”. No le hizo falta el aplauso del dinero, ni el reconocimiento social que gozan los banqueros. Su humildad fue condición suficiente para su inmortalidad.

Dumaka solía leer el blog. Recuerdo que una mañana de diciembre, tras recoger las notas de Daren, quedamos para tomar un café en el Maracaibo, un bar cercano al instituto. Allí me comentó que había leído “Sin filosofía“, un post que versa sobre la necesidad de las humanidades en la enseñanza secundaria. Gran lector de Al-Farabi, le molestaba que su hijo no supiera pensar para la vida. La mayoría de edad – me decía – no se adquiere a los dieciocho años sino cuando uno es capaz de decidir con autonomía. Tomar decisiones es, junto con la facultad del lenguaje, la capacidad más alta que distingue a los humanos. Resulta aberrante para el ideario colectivo que los gobernantes supriman una herramienta, tan necesaria para la vida, como es la filosofía. Tras el café, le pregunté a Daren qué le gustaría ser de mayor. Feliz profesor, de mayor quiero ser feliz. Cuánta razón tenía el hijo de Dumaka.

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