ESTAR EN POLÍTICA O ENTRAR EN POLÍTICA

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En esta ocasión pretendo sincerarme con los que me conocen bien y desnudarme ante los que no me conocen tanto o ni siquiera me conocen.

A mediados del 2011 comenté con mi esposa la propuesta que me llegaba desde el partido de encabezar la lista a la alcaldía de mi municipio en las elecciones locales de aquel año. Su inmediata respuesta me dejó congelado, casi en estado catatónico:

  • Pues, voy a hablar con la emisora de radio del pueblo y proponer que te hagan una entrevista.

En ese momento me enfrenté por primera vez al vértigo de entrar en política. En mi vida profesional he hablado numerosas veces en público en distintos foros, he impartido charlas y conferencias, por lo que hacerlo una vez más no me creaba ninguna dificultad, pero otra cosa era pensar en el contenido de esa entrevista radiofónica como candidato por mi partido a la alcaldía municipal. Ese contenido sí me preocupaba, porque no iba a hablar en mi propio nombre sino en el del partido político que representaba.

Y es que hay quien “está” en política – como es mi caso – y quien “entra” en política que es el caso de otros.

Hacía tiempo que me dolía España:

– Los gobiernos autonómicos reclamaban cada vez más competencias generando profundas desigualdades entre los españoles de uno u otro territorio.

– Se generalizó la sentencia de “Montesquieu ha muerto”. Este “afeitado”, al más puro estilo taurino de los cincuenta, lo remató otra reforma judicial: los jueces perdían la facultad de decretar prisión provisional, prerrogativa que quedaba en manos del fiscal.

– Las Diputaciones provinciales se habían convertido en residencias para los familiares, amigos y adláteres de los partidos.

– El sistema electoral favorecía cada vez más a los grandes y éstos a su vez – aún siendo antagónicos – se protegían recíprocamente para mantener el “statu quo” impidiendo su modificación.

– La composición de las listas electorales dependía claramente de la obediencia debida a la dirección del partido y no de los méritos y cualidades de los susodichos.

– Los políticos condenados judicialmente por delitos cometidos en el ejercicio de su cargo eran sistemáticamente indultados.

Me dolía España, por éstas y por algunas otras situaciones similares que, por conocidas y corrompidas, no precisan de más puntualización.

Por ello decidí estar en política y por ello me afilié.  Me afilié porque en aquellos momentos, ya avanzado el año 2008, aquel partido naciente precisaba de toda la ayuda que cualquier ciudadano español, consciente de los desaguisados relatados, pudiera ofrecer. Pero tengo claro que una cosa es estar y otra “entrar” en política.

Hoy, en 2016, aunque volvemos a encontrarnos en una situación muy próxima a la de entonces, la realidad no es la misma. Nos hemos quedado sin representación en el Congreso, pero la mantenemos en el Parlamento Europeo, en una Comunidad Autónoma y en bastantes municipios. Por lo tanto en la actualidad no es precisamente la ayuda de “ciudadanos conscientes” lo que necesita este partido – que también – sino el rumbo y ritmo que se le imprima desde la nueva directiva nacional que se decidirá próximamente.

Aquí es donde pretendo exponer mis sensaciones y expresarlas a corazón abierto.

Lo único cierto es que el futuro del partido es incierto. Ya no se trata de un partido totalmente desconocido y nuevo, es una organización política que ha tenido representación en el Congreso nacional y en el parlamento europeo en dos legislaturas, que ha ocupado escaño en alguna autonomía, alcaldías en algunos municipios y concejalías en muchos, que ha pisado platós de televisión, salido en portadas de prensa y realizado entrevistas radiofónicas, en definitiva que ya no es un desconocido.

Y ¿quienes lo componen ahora? Quedamos unos pocos ilusionados con resurgir y entre los que quedamos hay de todo, como en la viña: hay personas capacitadas para responsabilizarse de la organización interna con eficacia, pero menos adecuadas para ser portavoces externos ante los medios y las instituciones; hay personas mejor capacitadas para afrontar la representación pública, con dotes oratorias y vena de liderazgo que, sin embargo, reducen su eficacia cuando tienen que desempeñar funciones de gestión, organización o administración interna. Una breve reflexión a este respecto: los portavoces que exhiben el partido al exterior deberían dedicarse a ello de pleno, sin que las labores de organización y administración interna les reste tiempo y eficacia, y viceversa, quienes llevan a su cargo las funciones de coordinación, organización y administración, no conviene que distraigan ni un minuto de su escaso tiempo para dedicarse a hablar en los medios y ocupar cargos en las instituciones.

Por último quedan algunos que tan solo aspiran a medrar, a “entrar” de lleno en la política a cualquier precio, intentando abrirse paso a codazos cada vez que detectan alguna fisura por la que infiltrarse en medio de los mejor preparados.

La próxima dirección nacional, el próximo Consejo de Dirección, va a tener una labor ardua, complicada y difícil, y al mismo tiempo peligrosa. No solo tendrá que ser capaz de construir un líder nacional que recupere la atención mediática y que sea capaz de transmitir los mensajes que permitan la recuperación del voto perdido, labor ardua, sino que ha de plantear un proyecto de partido que suponga una verdadera renovación, o refundación si se quiere, a través de una profunda reforma de los estatutos internos, cometido ciertamente complicado.

Pero además ha de tener la habilidad de crear los cauces necesarios para que, sin riesgo de la democracia interna, sea posible ofrecer a los más eficaces en organización su integración en los órganos correspondientes, a los que están dotados de capacidad de liderazgo en las portavocías publicas y lugares de representación institucional, todo ello sin que los agazapados tengan oportunidad de usurpar las posiciones de unos y otros, tarea este última no solo difícil sino peligrosa. Siempre lo dije y siempre me lo han oído decir mis compañeros más allegados: “Si el jefe de la empresa coloca al portero de secretario de dirección y al secretario de dirección de portero, ninguno de los dos funciona”.

Hoy lo tengo que decir abiertamente: mi continuidad en el partido, y quizá la de otros muchos compañeros, depende exclusivamente de cómo se encauce la nueva andadura. Pero para tomar la decisión final habrá que esperar al próximo Congreso nacional.

MOMENTOS DE LA DEMOCRACIA

Todos los que ya llevamos algún tiempo impulsados como cantos rodados por esta torrentera que es la vida, portamos grabado a fuego en nuestras entendederas aquello de que todo es según del color del cristal con que se mira. Esto es cierto, pero nada nos costaría hacer un pequeño esfuerzo para mirar a través de un cristal incoloro y sin graduación – quizá con la graduación adecuada – que no deforme la realidad objetiva.

Me ha sugerido esta elucubración un artículo de opinión de una compañera en el digital “Información” del pasado 2 de marzo de 2014, titulado “El efecto Axe” y concretamente su siguiente frase literal: “El control de la comunicación comercial a este respecto es ejemplar si lo comparamos con otros tipos de comunicaciones como, por ejemplo, la política donde, hoy por hoy, no se puede penar más que con el voto que líderes (o partidos) nos seduzcan utilizando datos falsos.”

Por asociación de ideas he llegado involuntariamente a los ya muy trabajados conceptos de democracia, disciplina de partido y libertad de conciencia: difíciles hilos para trenzarlos mediante sendos bolillos y tejer con ellos un buen entramado político.

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En este mismo blog y en otra entrada denominada “DISCIPLINA O DEMOCRACIA”, ya lo afirmé y hoy lo reitero, sin disciplina no puede haber democracia y sin democracia no hay libertad. En franca consecuencia con esta idea, esbocé otra que hoy pretendo desgranar profundizando en ella: el respeto a la propia integridad ideológica del partido no debe depender de su democracia interna, sino tan solo de la disciplina de sus militantes.

Qué duda cabe, como afirma mi compañera en el artículo aludido, que el votante para defenderse de la “publicidad engañosa” que algunos partidos o líderes políticos nos lanzan, tan solo tiene en su mano, como única herramienta, el arma del voto cuatrienal, pero no es menos cierto que desde un tiempo atrás se viene reivindicando la “democracia interna” como un valor añadido en la organización de los partidos políticos que cada cual lo aplica con distintos grados de pureza.

¿Es necesaria – imprescindible – la democracia interna en los partidos? Bueno, en mi opinión, según del color del cristal… la respuesta a esta pregunta puede ser controvertida, aunque a mí me resulta axiomático pensar que se mueve en terrenos poco firmes, poco estables, en arenas movedizas quizá. La democracia – es innegable – es una norma de convivencia fundamental para que el individuo se desarrolle en libertad. La democracia nos permite, mediante caminos más o menos tortuosos, consensuar primero y promulgar después el conjunto de normas que han de regir nuestra vida diaria pero si, a continuación, no rige la disciplina necesaria para respetar dichas normas, todo el entramado decae. Es ahí donde los partidos políticos deben garantizar esa democracia, en las instituciones, en los órganos de poder, en la convivencia diaria de y con los ciudadanos. Pero internamente, en su organización interna ¿es deseable un autogobierno en total democracia?

El profesor Gustavo Bueno nos habla a menudo del concepto de “fundamentalismo democrático” y algunas de sus definiciones podrían ser aplicables a este terreno de juego cuando nos habla de los dos momentos de las sociedades políticas democráticas: el momento ideológico y el momento tecnológico. Entrar en su análisis requiere más tiempo y espacio que el que consiente este post, por cuanto trataré de, a costa de amputarlos parcialmente, traerlos al anaquel más asequible a la comprensión media.

El término “momento” debemos situarlo no ya en el sentido ordinario de unidad de tiempo, sino en el de la importancia de su contenido, más genérico.

Desde aquí debemos concebir el momento ideológico (nematológico, para el profesor Bueno) como el sustrato filosófico que recoge desde el concepto mismo del propio sistema democrático, hasta el ideario programático con que un partido político se ofrece a entrar en lid con sus oponentes en busca de sus objetivos socio-económicos para con los ciudadanos de un determinado Estado. El momento tecnológico, por el contrario, comprende todos aquellos caminos, métodos o sistemas organizados – sistema electoral, organización política del Estado, división de poderes, organización del propio partido, jerarquización de sus militantes, etc. – que permiten aplicar, implementar o simplemente transformar en eficaces los contenidos “nematológicos”.

Desde esta óptica, desde esta perspectiva cabe pensar que la organización interna de un partido se halla más próxima a su momento tecnológico que al nematológico y que, en definitiva, la democracia parlamentaria como sistema – en contra del fundamentalismo democrático que la presenta como “la forma más depurada de la convivencia política y social mediante la cual el género humano ha alcanzado por fin los valores supremos de la Libertad, la Igualdad y la Solidaridad” – no es sino el menos deficiente de los sistemas de gobierno hasta hoy concebidos por nuestra mente.

Pues bien, restauro mi propuesta inicial: ¿es necesario llevar el momento ideológico y sus fundamentos filosóficos hasta el espacio ocupado por el tecnológico en el interior de un partido político? No estoy seguro de tener la respuesta, depende del color del cristal como ya he afirmado, pero de lo que sí estoy seguro es de que cuando un determinado partido político ha apostado por llevar el supremo valor de la “nematología” ideológica que sirve de fundamento a la democracia parlamentaria a su propia área de organización interna – lo que en términos de uso divulgativo se conoce como democracia interna – debe cuanto menos ser consecuente con ese mismo enunciado programático y dejar funcionar el ámbito de la disciplina dentro de su justos límites, como respeto a la norma dada o auto otorgada de tal suerte que la indisciplina solo – tan solo, insisto – consista en la infracción de la norma misma y en modo alguno en la indocilidad deliberada de una pretendida autoridad que desoye la norma misma.

Joel Heraklión Silesio.

POLLYANNA

A mi amigo y admirado bloguero, coautor de sustanciosas entradas en  Destructopía dual, Julio Lleonart, le ha faltado tiempo para publicar la siguiente: “Análisis frío y divulgativo de las elecciones autonómicas catalanas de 2010” y en ella advierte: Que nadie espere en esta entrada un análisis de los resultados de UPyD, no me corresponde a mí hacerlo. Desconozco demasiado cómo se ha llevado la campaña, los medios y el objetivo esperado como para poder hacer un análisis serio y fiable.”

Vale la pena leerla y no le falta razón al esgrimir tal prevención, yo también me declaro ígnaro de cuales han sido los medios, el objetivo marcado y la gestión de la campaña, pero tales datos serían necesarios tan solo para poder realizar una valoración de los resultados obtenidos con respecto a las expectativas creadas, para evaluar el éxito o el fracaso, para sancionar la gestión, etc. para lo cual me reitero incompetente, totalmente incapaz, o incapacitado, como se quiera. Pero sí creo que es posible elucubrar al respecto, “sine iudicii animus”, para tratar al menos de realizar las oportunas reflexiones y obtener las posibles consecuencias, no de los resultados de las elecciones catalanas en general, sino de los resultados concretos de UPyD en particular, y no me voy a privar de ello.

Toda historia tiene un principio y todavía se está escribiendo el principio de la historia de UPyD. Esta formación política consiguió, habida cuenta de lo caro en votos que resultó, un satisfactorio escaño en las elecciones generales de 2008, otro en las elecciones al Parlamento vasco y otro en las del Parlamento europeo, estos dos últimos en 2009. Alguien pudo pensar que este goteo, por escaso que parezca, podría mantenerse en las recién terminadas autonómicas de Cataluña, pero quien así lo haya augurado no se pregona precisamente de buen oráculo, porque olvida – o ignora – que todavía se está construyendo la historia de UPyD. Sencillamente está jugando a la “gallinita ciega”, a ver si por suerte me topo con algún escaño en el camino, y este –permítaseme la pertinacia – no es el camino.

Los resultados son los que han sido, 5.293 votos en toda Cataluña, y eso ya es un dato, es una realidad de la que partir y supone tanto como poder dejar de seguir jugando a la “gallinita ciega”, como sucederá igualmente en mayo de 2011, en las elecciones autonómicas y municipales del resto de España, del resto de España insisto, porque si ya se han celebrado las del País Vasco y las de Cataluña, que son dos partes diferentes de España cada una, faltan las del resto.

Después de aquellos ya próximos comicios UPyD tendrá ya un suelo, un suelo electoral puntualmente evaluado para cada uno de los territorios donde concurra, ya sea en los distintos gobiernos autonómicos o en los posibles ayuntamientos donde se presente y será entonces cuando comenzará de verdad a escribir su historia, contará ya con los precedentes imprescindibles para poder “hacer camino al andar”. UPyD está en su Km. 0 y tiene aún todo por recorrer y ha de comenzar a prepararse para los maratones que tiene por delante, tiene que preparar sus medios, sus estrategias y sobre todo tiene que preparar a sus atletas, a los que han de protagonizar esos maratones para lo que han de estar suficientemente formados y gozar del necesario “fondo” para llegar, cual Filípides griego, hasta la meta.

No hay ninguna razón para ser pesimistas, antes al contrario hay que ser realistas y, si me apuran, optimistas. Hay que dejar de jugar a la “gallinita ciega” y elegir el juego de Pollyanna, el que le enseñó su padre cuando residía con él en misiones en aquel día en que, esperando una remesa de regalos para los niños pobres entre los que se encontraba ella, y deseando fervientemente una muñeca, le enviaron un par de muletas. Pollyanna ante la decepción se turbó y cayó en melancolía y fue entonces cuando su venerable padre le enseñó el juego del “alegrarse”. ¿De qué puedo alegrarme padre – inquirió la niña – si yo no necesito unas muletas? A lo que su sabio progenitor le contestó: “Precisamente de eso hija, de que no las necesitas”.

Voy a prescindir de los 5.293 votos que ha obtenido UPyD en estos comicios, pero voy a plantear el escenario que ha quedado a la vista tras ellos, sin entrar en valoraciones de quién ha perdido o quién ha ganado, no me interesa a estos efectos.

El PSC-PSOE ha obtenido algo más de 570.000 votos; el PP 384.000 y algún pico (podemos redondear a miles sin que desvirtuemos el análisis); C,s 105.000; nulos 21.000; en blanco 92.000; (con respecto a estos dos últimos datos reitero el análisis del blog de Julio Lleonart); y por último una abstención de 2.095.000 votantes. El total de personas que no han votado opciones nacionalistas asciende a casi 3.270.000. Como no está suficientemente esclarecida, al menos para mí, la línea ideológica de las demás formaciones no consideradas aquí no puedo situarlas desde el prisma identitario, pero para que el error no perjudique mis estimaciones voy a considerar que todas ellas tienen un mayor o menor sesgo nacionalista, algunas claramente identitarias, sin ningún sesgo.

Juguemos a Pollyanna: si de 5.230.000 ciudadanos de Cataluña con derecho a voto, al menos 3.270.000 electores no han votado nacionalista para que el lector no tenga necesidad de sacar la calculadora le informo de que yo ya lo he hecho y esto supone que el 62’52 % del voto en Cataluña, es, como poco, no identitario. ¿Hay o no hay “tajo” donde afanarse? ¿Es o no es un auténtico maratón lo que queda pendiente? ¿De qué podemos “alegrarnos”? Precisamente de eso, de todo lo que le queda por hacer a UPyD, de que hay mucho por lo que trabajar y de que tiene por ello que seguir trabajando, trabajando duro, sin descanso pero sin desmayo.

A mi me sigue divirtiendo jugar al juego de Pollyanna.

Pollyanna es una novela de Eleanor H. Porter publicada en el año 1913. Cuenta la historia de una niña, hija de misioneros que, al quedar huérfana de padre y madre, es enviada a vivir con su estricta Tía Polly. Educada con optimismo por parte de su padre, usa el juego que éste le enseñó de encontrar el lado bueno de cualquier situación para alegrar la vida de todos los que la rodean.