Élan vital, Gaia y la vida misma.

Es difícil desconectar la idea de religión de la idea de un dios, por no decir imposible.

También es cierto que todos estos conceptos (o creencias) orbitan alrededor de la necesidad, que en algunos alumbra, de la existencia de un más allá donde retornan los espíritus de los que van (vamos) abandonando esta vida.

Yo no puedo evitar el entroncar estas consideraciones con aquellas tres preguntas que mantienen al humano en vilo permanente: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?

Pero siempre he necesitado conectar toda esta fenomenología con el hecho singular de la vida misma, la vida tal como la conocemos y en la forma en que ha evolucionado desde los tiempos en que la tierra dejó de estar incandescente.

Trataré de ser conciso, aunque con esta cuestión pueda parecer una heroicidad solo el intentarlo.

ADNHasta donde sabemos y la ciencia admite, la vida en este planeta comenzó con la aparición de los primeros compuestos orgánicos, en forma de aminoácidos que evolucionando  hacia el ácido ribonucleico (ARN) – nadie ha sabido explicar hasta hoy de forma indubitada cómo – y luego al desoxirribonucleico (ADN) llegaron a constituir los primeros seres unicelulares o protozoos.

De ahí se desarrollaron las dos grandes ramificaciones de la vida, considerada cono “esencia vital” (Élan vital, para Henri Bergson) la vida vegetal y la vida animal (dejemos algunas posibilidades intermedias al margen: líquenes, helechos, hongos…).

La biología y la revolución darwiniana han ido constatando que para la subsistencia de una clase de vida, es imprescindible la preexistencia de otra que tiene que ser destruida (ingerida) por aquella.

James_Lovelock_in_2005

James Lovelock en 2005

Demos un salto de algunos eones en la historia del planeta y nos encontraremos al final de ella con el presente. A poco que observemos podemos constatar que esa energía vital, esencia vital o élan vital, como queramos llamarle, es en sí misma lo que ha venido creando y generando a su alrededor los medios para garantizar su propia subsistencia. (Consúltese la teoría de Gaia de James Lovelock).

Gaia

La hipótesis de Gaia: dadas unas condiciones iniciales al principio de la vida en el planeta, ha sido la propia vida la que las ha ido modificando. La vida en el planeta ha sido posible no porque preexistieran las condiciones naturales que hoy conocemos sino porque han ido siendo generadas por la propia vida través de los tiempos.

Resumiendo: a la vida, considerada con el alcance que le acabo de atribuir, no le importa la existencia de determinadas especies uni o pluricelulares cualquiera que sea su tamaño: hongos, insectos, algas, reptiles, aves o mamíferos. A la vida, como ente que nos sobrepasa y que nos supera y que yo considero que es la causa última de todo este entramado de seres, lo que le interesa es precisamente su propia subsistencia como tal “esencia vital” y todo lo demás está supeditado contingentemente a su propia necesidad. (No puedo evitar recordar aquella celebérrima y humorística frase del film de José Luis Cuerda, “Amanece que no es poco” en la que los vecinos le dicen a su Alcalde: “Nosotros somos contingentes. Tú eres necesario”).

Desde esta perspectiva nosotros, los humanos, solo representamos una contingencia más, elaborada por la propia vida para su propio interés, para su propia subsistencia, para su “necesidad”. Somos peleles o polichinelas, manejados a su antojo y cuando no nos necesite, simplemente se deshará de nosotros, como a lo largo de millones de años se ha deshecho de tantas otras especies cuya existencia desconoceríamos si no fuera porque sus fósiles nos han dado fe de su presencia en nuestro planeta.

Cuando decimos “mi vida”, estamos cometiendo un grave error, mi vida no es mía, yo soy “de la vida”, la vida es la propietaria última y definitiva de mi ser y de cada uno de los seres vivos, sean unicelulares o vertebrados.

Por lo tanto, no venimos de ningún sitio especial. Deberíamos desgajarnos de nuestro propio antropocentrismo, de nuestro insultante egocentrismo y admitir ya de una vez, que tampoco vamos a ningún sitio o lugar excelso en el que descansar después de haberle sido útil al élan vital, a la esencia vital.

Desde esta perspectiva, no solo cabe considerar a quienes creen en las religiones, en entes sobrenaturales y en los estados espirituales más allá de este mundo material, como seres equivocados, faltos de una visión realista y racional de nuestra naturaleza, sino que resulta relativamente fácil convenir en que todos estos caminos de santidad son en realidad la culminación del egocentrismo más exacerbado al que cualquier ser vivo pueda llegar.

Exquisito antropocentrismo rallante en el egoísmo más radical.

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