EL RUBICON DEL EMBELECO

Se me agolpan las ideas y quieren surgir todas a la vez pero tendré que organizar mis pensamientos y partir de una de ellas, del concepto de “sociedad civil”, que tantas veces utilizamos creyendo que todos hablamos de lo mismo pero sin que ello implique que todos coincidamos en su contenido.

En una sociedad democrática encontraremos siempre una “sociedad política” que, lejos de ser autónoma, se halla inmersa en aquella, recubierta de otras realidades sociales e históricas inseparables del ritmo y cauce por el que transcurra el funcionamiento del propio sistema. Dicho de otra forma, por mucho que queramos y creamos ser libres, los movimientos inerciales de cada individuo o ciudadano tanto dentro de una sociedad democrática, como de una sociedad política, están siempre mediatizados, desviados por la acción de influencias sociales, culturales, económicas, históricas, que interfieren en la inercia de los acontecimientos pretendidamente libres.

Hablamos de una “sociedad civil”, tratando de separarla de la “sociedad política” como si tal sociedad civil fuera algo homogéneo y autónomo pensando que en ella todos los individuos son iguales, mientras que la realidad enseña que cada uno pertenece a otra clase de individualidad heterogénea y esencialmente distinta de las demás. Es decir, la “sociedad civil” es en sí misma un conglomerado de grupos heterogéneos todos cuyos individuos convienen únicamente en “no ser la sociedad política” y suele vivir enfrentada a aquella convirtiéndose en una especie de idea metafísica “considerada como el reino de la paz, enfrentada a la sociedad política interpretada como reino de la guerra”([1]). Obtendríamos así un concepto de sociedad civil definido por pasiva, en sentido negativo, definiéndola por lo que no es, lo que evidencia su condición de conjunto heterogéneo de individuos heterogéneos.

UNA SONRISA INOCENTE

Esa heterogeneidad se manifiesta más patente cuando en una sociedad concreta interfieren culturas procedentes de distintos ámbitos geográficos. Al resultar más patentes las diferencias culturales y étnicas entre los inmigrantes y los nativos parece que estos últimos son más iguales entre sí, simplemente porque se sienten “menos diferentes”.

Es entonces cuando la “sociedad política” comienza a hablar de tolerancia, como estilo de respeto a las diferentes culturas.

He aquí la falacia. En una determinada situación conflictiva de convivencia heterogénea la virtud de la “tolerancia” no es precisamente el resultado de la fraternidad y de la igualdad entre todos los ciudadanos, es en realidad la constatación y reconocimiento implícito de la evidente desigualdad entre ellos.

Es total y simplemente un embeleco que nos ofrecen para acallar nuestras conciencias.

Hay un grado de la tolerancia que consiste precisamente en mantenernos en el mayor alejamiento posible de aquellos a quienes consideramos incompatibles con nuestra “sociedad civil”. Tolerar al otro es intentar no entrar en conflicto recíproco, a veces por propio interés, a veces por menosprecio, cuando no por el presentimiento de que el resultado de la contienda no nos va a ser favorable. Toleramos a aquel a quien consideramos diferente, inferior, capaz quizá de ocasionarme agravio o de atentar a mi integridad física, por ello me mantengo alejado tratando de engrosar con él esa “sociedad civil” para así sentirme suficientemente seguro. Necesito ser tolerante solo con el que “considero diferente”, no así con el que es igual que yo, olvidando que esa pretendida igualdad es tan solo producto de los parámetros establecidos por la “sociedad política” en el ejercicio de sus prerrogativas reguladoras y legislativas, por el reconocimiento de unos derechos y deberes regulados en las normas jurídicas y de convivencia, pero una vez salimos del “semáforo rojo”, ante el cual todos somos iguales, cada uno emprendemos un camino y un destino totalmente individualizado y entonces nos convertimos nuevamente en diferentes, en heterogéneos, pero nos parece que con éstos no sentimos la necesidad de ser “tolerantes” simplemente porque los consideramos “integrados”.

He ahí la diferencia, la falacia a que antes me he referido, y es que la tolerancia está ciertamente muy lejos de la integración, muy lejos del deseo de integrar al diferente e integrarnos con él para conseguir así que todos nos sintamos realmente iguales.

Con esta recíproca voluntad de integración la falaz virtud de la “tolerancia” resultaría innecesaria quizá por una supuesta ausencia de diferencias o quizá porque tales diferencias serían las mismas que nos hacen heterogéneos en nuestra propia y ficticia “sociedad civil”.

Joel Heraklion Silesio


([1]) (Gustavo Bueno, El fundamentalismo democrático, Ed. Planeta Madrid, 2010)

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