LO QUE NOS SEPARA (O EL FEBRON DE FABRA)

 

Lodazal de las descalificaciones

Lodazal de las descalificaciones

Me preocupa el caso Fabra, me preocupa por múltiples razones, más de las que se han argüido últimamente… quizá por ninguna de ellas.

No puedo evitarlo pero tengo que recurrir a la lógica aristotélica porque de lo contrario, dejándome llevar por la indignación, acabaría en esa ciénaga común en que se lustran, se abrillantan, se enlucen los políticos de corte clásico sin apreciar que está repleta de tarquín: la ciénaga de las descalificaciones, del juicio paralelo, del prejuicio.

Debería explicarme, pero no sé si lo conseguiré. Lo que me bulle en mi “naranja mecánica” es muy complejo, se me agolpan las conjeturas, se confunden con las ideas y se transforman en un torrente de conclusiones que tratan de salir al exterior de forma caprichosa, deslavazada, desordenada, inconexa, descompuesta y por ello se hace necesario ordenarlas porque la cuestión es compleja y ardua. Quiero partir de la premisa de que lo acaecido con el caso de Carlos Fabra es indignante, no debería haber sucedido, tampoco debería haberse producido la concatenación de hechos que se han ido aglomerando en torno suyo y, por supuesto, el final no debería haber sido el que ha sido. Para evitar que la indignación que este resultado me produce me lleve a rebozarme en el fangal antes aludido tengo necesariamente que pararme a reflexionar.

Para mí es importante la distinción entre verdad material y verdad formal, aquella reside en la singularidad de los hechos que en un momento determinado tienen lugar, las acciones u omisiones que alguien lleva a cabo y que quizá solo él conozca; ésta, la verdad formal, es la que queda recogida en una sentencia judicial como consecuencia de la prueba practicada en el proceso correspondiente y que puede o no coincidir con aquella. Si se pierde de vista esta fundamental distinción podemos caer en tremendas incongruencias, tales como decir que Carlos Fabra ha sido declarado inocente y que se le pidan disculpas por los que mantuvieron lo contrario, como pretenden algunos de sus correligionarios o pedir su dimisión o, lo que es peor, considerar que se ha salido de chinitas gracias a la prescripción de “su delito”, lo que para algunos se ha producido gracias a las “maniqueas” manipulaciones de algún Corleone que anda suelto, apologetizar el deshonor de invocar la prescripción o proponerle el montaje de un dispensario de consejos de cómo engañar a la Hacienda Pública.

Ninguna de todas estas declaraciones se sostiene sola, primero porque al Sr. Fabra nadie le ha declarado inocente, al no haberse celebrado juicio, y segundo que ninguna sentencia ha constatado que hubiera cometido delito alguno – por ahora – y son esta clase de manifestaciones públicas, ostensiblemente aviesas, grandilocuentes y rayanas en el exabrupto las que están desprestigiando a la clase política, porque los ciudadanos silenciosos permanecen silenciosos pero no ignorantes y se dan cuenta de lo que a sus ojos se presenta como un intento de manipulación de su propia inteligencia.

Muralla de Adriano

Muralla de Adriano

Estamos en UPyD por lo que nos une y todos los que estamos en este partido tenemos claro qué es lo que nos une, pero esta moneda tiene dos caras, no estamos en ningún otro partido por lo que nos separa, por lo que nos diferencia. Somos más respetuosos con el Estado de Derecho que cualquiera de los demás, más respetuosos con la presunción de inocencia que cualesquiera de ellos, que es nuestra muralla de Adriano y deberíamos mantenernos atentos a qué es lo que nos diferencia y permanecer lejos del lodazal de las descalificaciones, del juicio paralelo, del prejuicio y apuntar allí donde la razón, el análisis equilibrado y la crítica fundamentada nos hará diferentes.

Nunca podremos estar seguros de que aquellos hechos que se le imputaron fueran o no realmente cometidos por Fabra, al menos aquellos cuyas consecuencias han sido declaradas prescritas, porque lo que ha prescrito es la acción jurídica que permitía entrar a conocerlos – no el supuesto delito en sí – y por ello tales hechos no podrán ser investigados ni ser objeto de procedimiento judicial alguno.

Esto es propio de un Estado de derecho y debe ser respetado como tal por UPyD.

Pero tal situación en modo alguno nos debe llevar al terreno de dejarnos impávidos y por ello permanecer impasibles ante ella. No podemos ni debemos consentir que tales acontecimientos puedan reproducirse y en tanto no tengamos capacidad de condicionar la norma debemos denunciar aquellas que deben ser modificadas, porque lo peor del caso Fabra no es quedarnos sin saber si fue autor y responsable de unos hechos que de haberse probado hubieran constituido delito, lo peor del caso es que haya funcionado el sistema de la forma que lo ha hecho, que haya sido posible aplicar la prescripción, en definitiva que se haya llegado tarde. Esa debería ser la clave de la crítica pública, aquella que coincide con nuestro lema de regeneración democrática y lucha contra la corrupción, clamando por una reforma legislativa que impida que un representante político pueda quedar al margen de un enjuiciamiento permitiendo con ello o bien que un posible culpable permanezca impune, o un inocente quede bajo sospecha permanente, y no se me diga que de ser este último el supuesto bastaría con someterse al procedimiento obviando la prescripción porque tal opción no es realista.

Si es necesario alargar los plazos de prescripción cuando los servidores públicos resulten imputados por determinados delitos, y no me refiero solo a los representantes políticos, habrá que hacerlo, si hay que poner los medios para que el funcionamiento de la administración de justicia cobre una agilidad por la que se viene suspirando por los juristas y la opinión pública desde hace muchos años sin que los remiendos introducidos hayan surtido el efecto deseado, pónganse esos medios, si es necesario hacer lo que sea necesario propongámoslo, solicitémoslo públicamente – a voz en grito – pero no caigamos en el tópico del insulto, del exabrupto y de la descalificación, porque eso es lo que nos ha de diferenciar del resto de la clase política, eso es lo que nos diferencia a la par que es lo que nos une.

Joel Heraklión Silesio.

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